Rufina Celeste Moyano

Rufina atraviesa un tratamiento desde sus primeros meses de vida. Su mamá encontró en la Casa Ronald un espacio de apoyo para acompañarla en cada etapa.

Sofía llegó a la Casa Ronald desde La Calera, Córdoba, cuando su hija Rufina, de tan solo unos meses de vida, comenzó su tratamiento por Atrofia Muscular Espinal tipo I. Desde entonces, la Casa se transformó en un lugar clave para poder estar cerca del hospital y atravesar ese proceso, contando con un espacio donde descansar, comer y sostener el día a día en medio de la incertidumbre.

Cuenta que en la Casa encontró mucho más que lo básico. Un lugar donde sentirse acompañada por el equipo, los voluntarios y otras familias que atraviesan situaciones similares. Destaca lo importante que fue poder aliviar aspectos cotidianos como las comidas y el descanso, y cómo, en los momentos más difíciles, un “buen día”, una palabra de aliento o el cariño hacia ella y su hija se vuelven un sostén fundamental. “Me sentí muy acompañada por todos”, comparte.

Recuerda especialmente las fiestas, un momento difícil por estar lejos de su familia, pero donde, entre mates y charlas, pudo construir vínculos con otras mamás. “Nos hicimos amigas de hospi”, dice. Después de ocho meses, sabe que va a extrañar este lugar que se convirtió en su segunda casa, donde encontró contención, compañía y la fuerza necesaria para seguir estando cerca de Rufina.

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